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TANTO VA EL CÁNTARO A LA FUENTE... Por Yaguareté

Siempre hay una primera vez. Hasta para encontrar a aquella papusa , o mina , o percanta , o naifa que luego nos desvelará varias noches seguidas o alternadas, según el caso. Hubo una primera vez y una señorita que entre risecitas y ademanes modosos hizo perder la línea a un hombre de corazón sensible. Y aquella primera vez ocurrió, la viste en esa milonga que olía a jazmines. Con la vista invadida por el encanto, surcaste el espacio que mediaba entre ella y vos. Sin saberlo, te instalaste muy cerca. Ella bailaba y no te veía. ¡Qué te iba a ver, si estaba en lo suyo! Y vos o, mejor dicho, tus ojos y tu imaginación o tus sueños, volando, planeando por los cielos de una ilusión artera. La noche, esa amiga temporal y a veces traidora, se fue antes de lo que hubieras querido, pero, ¿qué le va'cha'ché ? Nada se pierde, dicen las leyes de la química. ¿Pasó una semana? Tal vez fueron dos. En esas circunstancias, el tiempo es inasible —en realidad, en...
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Del salto al abismo (o cómo cambiar de hábito sin ser monje)

por Yacaré Voy de corbata o voy de sport , se pregunta un joven, (¿un hombre?), que ha pasado los treinta y que ha decidido o está decidiendo recalar en la milonga más papa . Y ahí, en la indeterminación de ponerse o no una corbata, puede anidarse el sentido primigenio de esta vida. Sí. Una corbata más o menos, no es simplemente un trozo de trapo que se coloca alrededor del cuello y que debe, o debería, combinar con las medias. Es algo más. En ese momento la corbata se ha transformado en aquello que va a definir la personalidad y el target (palabrita de moda que reemplaza a: objetivo ), del individuo que se halla ante la terrible disyuntiva. Y ante esto, ¿qué podría mediar entre ponerse la corbata o no? ¿es acaso la pregunta simplemente eso, una pregunta? No, ciertamente. Sépase que se ha trastocado en un virtual cruce de sendas. Es el río que separa las orillas entre la adolescencia desenfrenada y el mundo del circunspecto. Lo que, por supuesto no signifi...

LOS INSATISFECHOS DE SIEMPRE (por Yaguareté)

                         Estaba disfrutando de la mejor música del universo —que sabemos que es el tango—. No tenía ganas de bailarla, quería escucharla, a veces vale más escuchar que bailar, a veces parece que llega más al alma si uno cierra suavemente los ojos y se deja arrastrar en esa melodía apabullante. Bueno, pero este no era el asunto, decía que estaba disfrutando con mis oídos, cuando pasó un pelafustán —de esos que nunca faltan— cerca de mí, refunfuñando: ¿Otra vez Di Sarli? Pero, ¡si ya lo pasaron, viejo! ¡Qué pesados! Y ahí apareció el asunto. Lo miré y comprendí que se trataba de uno de esos insatisfechos de siempre. Quiero decir, que en toda ocasión encuentran algo que les va a molestar. Ellos siempre hallan la manera de estar inconformes. Tienen, también, otras frases a flor de labios, por ejemplo, aquella noche que al término de algunos tanguitos pasó otro por mi lado y comentó: Mamma mía, pensé que e...

EL BAILONGO DE AYER (por Yaguareté)

  El mozo se acerca a la mesa, no es un mozo, es una moza, le sirve el agua mineral, le sonríe, suene al tango deseado, pero es otro tango, la silla se bambolea en una pata, de pronto está bailando, la señorita sonríe como la mesera, y es la mesera, y las luces se pagan y se encienden, y pasan conocidos de siempre, los que nunca faltan a la milonga. Suena un vals que se convierte en tango. El frío de la noche en la parada del colectivo. Es tarde, el boliche está a oscuras y se enciende una luz en el fondo, y viene bailando una pareja que se ríe, y canta ¡y canta!, como si al bailar fuera necesario cantar. Él toma su agua mineral y cabecea. El tango suena con más fuerza a punto de estallar. De pronto todo se detiene y es una película vieja, amarilla, repetida, conocida. Se asombra de sus propios pasos, hace figuras que jamás aprendió. La dama que lo acompaña tiene los ojos azules, pero son grises de tanto bailar. El vestido blanco la aleja de él y está solo en la mesa, ...