por Yacaré
Voy de corbata o voy de sport, se pregunta un joven, (¿un hombre?), que ha pasado los treinta y que ha decidido o está decidiendo recalar en la milonga más papa.
Y ahí, en la indeterminación de ponerse o no una corbata, puede anidarse el sentido primigenio de esta vida. Sí. Una corbata más o menos, no es simplemente un trozo de trapo que se coloca alrededor del cuello y que debe, o debería, combinar con las medias. Es algo más. En ese momento la corbata se ha transformado en aquello que va a definir la personalidad y el target (palabrita de moda que reemplaza a: objetivo), del individuo que se halla ante la terrible disyuntiva.
Y ante esto, ¿qué podría mediar entre ponerse la corbata o no? ¿es acaso la pregunta simplemente eso, una pregunta? No, ciertamente. Sépase que se ha trastocado en un virtual cruce de sendas. Es el río que separa las orillas entre la adolescencia desenfrenada y el mundo del circunspecto. Lo que, por supuesto no significa, ni significará jamás, que un hombre con corbata no se convierta, más tarde o más temprano, en un púber sin control, o que un joven vestido con tachas no se transfigure, del día a la noche, en un aburrido interlocutor de estados bursátiles.
Sin embargo, este hombre (¿joven?) y en este momento del que hablo, no es cualquier hombre en cualquier circunstancia. Es un ser sin edad en un momento de decisión, ha llegado al punto de inflexión en el que una persona se dispone a concluir en que sus pasos por el desordenado trajín de una adolescencia despreocupada, han finalizado. O quizás, y no tan trágicamente, ha llegado a sentenciar, (muchas veces en forma equivocada), que ya se le hizo tarde para probarse en la séptima de Defensa y Justicia. Nada menos y nada más.
Se estaba empilchando para la milonga, y cuando abrió el armario para ponerse el saco rosa pálido, encontró las corbatas y dudó. Y esa duda se agigantó cuando vio el ambo oscuro y la camisa blanca. Piensa. Se debate nerviosamente entre Biaggi y Di Sarli, entre el whisky y un agua mineral con gas.
¡Ah! Sus días de sosiego en el momento del empilche, terminaron, ahora, cada vez que ese armario se abra, cada vez que deba elegir entre un saco mostaza y el maldito (porque ya empieza a ser maldito) ambo oscuro, una sombra de duda le surcará los ojos y acaparará su mente, lo obnubilará y hará de él, harapos.
Pero sólo será hasta que entre al bailongo y compruebe que, quizás, no sea el empilche lo que determine qué mina dejará el carmín en su solapa, sino su propia actitud, el encanto de las palabras que no saben de modas y su distinguida prosapia que ha de acompañarlo más allá de una duda razonable.
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