Estaba
disfrutando de la mejor música del universo —que sabemos que es el tango—. No
tenía ganas de bailarla, quería escucharla, a veces vale más escuchar que
bailar, a veces parece que llega más al alma si uno cierra suavemente los ojos
y se deja arrastrar en esa melodía apabullante. Bueno, pero este no era el
asunto, decía que estaba disfrutando con mis oídos, cuando pasó un pelafustán —de
esos que nunca faltan— cerca de mí, refunfuñando: ¿Otra vez Di Sarli? Pero,
¡si ya lo pasaron, viejo! ¡Qué pesados! Y ahí apareció el asunto. Lo miré y
comprendí que se trataba de uno de esos insatisfechos de siempre. Quiero decir,
que en toda ocasión encuentran algo que les va a molestar. Ellos siempre hallan
la manera de estar inconformes. Tienen, también, otras frases a flor de labios,
por ejemplo, aquella noche que al término de algunos tanguitos pasó otro por mi
lado y comentó: Mamma mía, pensé que esta tanda no terminaba más,
mordiéndose el labio inferior y señalando con los ojos, a la dama que había
compartido con él, la pista de baile. Pensé: ¡Pobre señorita!, ni debe saber lo
que este energúmeno me dijo, o piensa, ¡y ella debe estar tan feliz con la tandita
que se bailó!
Estos seres
desechables no merecen ni una pizca de la felicidad que puede otorgar el tango,
sólo por el hecho de ser tan pusilánimes.
Además, en cada
ocasión encuentran, como suele decirse, el pelo en la sopa, aun cuando el
cocinero fuese calvo.
Ellos se quejan
en verano porque hace mucho calor y al bailar se transpira, en invierno
porque hace mucho frío y no pueden entrar en calor los músculos, cuando la
pista está llena, no hay espacio, pero si está vacía, no hay clima,
si hay media luz, el tango se baila con buena iluminación, si hay mucha
luz, no se logra la concentración necesaria. Si la mujer es alta, se
escapa por arriba y es imposible manejarla, si es baja se escapa por
abajo y se pierde postura, si la señorita baila mal, es un mueble,
si baila bien, hace lo que quiere.
La lista es
insoportablemente tediosa y la paciencia de agota cuando uno tiene que escuchar
todos estos argumentos con el correr de las milongas y los tangos.
¿Qué quiere que
le diga? A estos tipos habría que detectarlos en la puerta de los salones y
recomendarles que vayan a bailar a la iglesia, o a llorar a otro bailongo. No
merecen la energía que flota en el ambiente tanguero, han nacido para estar
incómodos a donde vayan y con quien sea.
En una de
aquellas oportunidades —que para desgracia propia son muchas— conocí a un tipo
que al salir de la milonga estaba más abatido que antes de haber ingresado.
Pensaba yo, entonces, y lo pienso ahora: ¿Para qué iba el papafrita ése al
bailongo? Si se quedaba en la casa se amargaba menos. O por ahí...
En fin, es muy
difícil estar en la cabeza de un amargado. Es gente que no sabe que la vida,
además de bella, ¡es corta! Y que bailar el tango no es un partido de truco o
un trámite bancario; sino la felicidad hecha movimiento que dura lo que la
misma felicidad, ¡tres minutos! Estas personas son una especie de traidores de
la alegría y del placer, son ingratos —e ingratas que también las hay— de las
pequeñas ilusiones que la vida nos presta por un ratito.
Sin embargo,
creo que al final, no obtienen de la milonga lo que ésta puede ofrecerles, y
ése es un punto a favor para los que disfrutamos de unos buenos tangazos
porque, recuerde siempre: "...el destino que es criollazo, justiciero y
vengador, ha de darlos contra el piso a la ingrata y al traidor..."
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