Ir al contenido principal

EL BAILONGO DE AYER (por Yaguareté)

 

El mozo se acerca a la mesa, no es un mozo, es una moza, le sirve el agua mineral, le sonríe, suene al tango deseado, pero es otro tango, la silla se bambolea en una pata, de pronto está bailando, la señorita sonríe como la mesera, y es la mesera, y las luces se pagan y se encienden, y pasan conocidos de siempre, los que nunca faltan a la milonga. Suena un vals que se convierte en tango. El frío de la noche en la parada del colectivo. Es tarde, el boliche está a oscuras y se enciende una luz en el fondo, y viene bailando una pareja que se ríe, y canta ¡y canta!, como si al bailar fuera necesario cantar.

Él toma su agua mineral y cabecea.

El tango suena con más fuerza a punto de estallar. De pronto todo se detiene y es una película vieja, amarilla, repetida, conocida.

Se asombra de sus propios pasos, hace figuras que jamás aprendió. La dama que lo acompaña tiene los ojos azules, pero son grises de tanto bailar. El vestido blanco la aleja de él y está solo en la mesa, la mesera le sirve el agua mineral y le sonríe.

Luego cabecea a una señorita y ya está bailando. No bailan vuelan sobre la pista, se suspenden en un jadeo de dos; se entremezclan los alientos y el calor es un frío que se olvida con las notas de una milonguita tenue, tanto que se pierde.

La mesera le sirvió el agua y él toma un sorbo, y es amarga.

Baila con la dama de los ojos azules y el vestido blanco que vuela y se va, y están solos en la pista y olvidan el tango que era milonga apagada.

De pronto, la música se extingue, se enciende una luz que comienza como una penumbra y termina en rayo violento sobre los ojos.

Despierta, envuelto en la sábana apenas abre los ojos. Ve los zapatos al lado de la cama, el pantalón arrugado sobre la silla y el saco colgando de la manija del armario.

Mira el reloj, son las doce del mediodía del sábado; el bailongo del viernes quedó atrás y la muchacha de ojos azules y el vestido blanco dejó alguna huella.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Del salto al abismo (o cómo cambiar de hábito sin ser monje)

por Yacaré Voy de corbata o voy de sport , se pregunta un joven, (¿un hombre?), que ha pasado los treinta y que ha decidido o está decidiendo recalar en la milonga más papa . Y ahí, en la indeterminación de ponerse o no una corbata, puede anidarse el sentido primigenio de esta vida. Sí. Una corbata más o menos, no es simplemente un trozo de trapo que se coloca alrededor del cuello y que debe, o debería, combinar con las medias. Es algo más. En ese momento la corbata se ha transformado en aquello que va a definir la personalidad y el target (palabrita de moda que reemplaza a: objetivo ), del individuo que se halla ante la terrible disyuntiva. Y ante esto, ¿qué podría mediar entre ponerse la corbata o no? ¿es acaso la pregunta simplemente eso, una pregunta? No, ciertamente. Sépase que se ha trastocado en un virtual cruce de sendas. Es el río que separa las orillas entre la adolescencia desenfrenada y el mundo del circunspecto. Lo que, por supuesto no signifi...

LOS INSATISFECHOS DE SIEMPRE (por Yaguareté)

                         Estaba disfrutando de la mejor música del universo —que sabemos que es el tango—. No tenía ganas de bailarla, quería escucharla, a veces vale más escuchar que bailar, a veces parece que llega más al alma si uno cierra suavemente los ojos y se deja arrastrar en esa melodía apabullante. Bueno, pero este no era el asunto, decía que estaba disfrutando con mis oídos, cuando pasó un pelafustán —de esos que nunca faltan— cerca de mí, refunfuñando: ¿Otra vez Di Sarli? Pero, ¡si ya lo pasaron, viejo! ¡Qué pesados! Y ahí apareció el asunto. Lo miré y comprendí que se trataba de uno de esos insatisfechos de siempre. Quiero decir, que en toda ocasión encuentran algo que les va a molestar. Ellos siempre hallan la manera de estar inconformes. Tienen, también, otras frases a flor de labios, por ejemplo, aquella noche que al término de algunos tanguitos pasó otro por mi lado y comentó: Mamma mía, pensé que e...