Siempre hay una primera vez. Hasta para encontrar a aquella papusa , o mina , o percanta , o naifa que luego nos desvelará varias noches seguidas o alternadas, según el caso. Hubo una primera vez y una señorita que entre risecitas y ademanes modosos hizo perder la línea a un hombre de corazón sensible. Y aquella primera vez ocurrió, la viste en esa milonga que olía a jazmines. Con la vista invadida por el encanto, surcaste el espacio que mediaba entre ella y vos. Sin saberlo, te instalaste muy cerca. Ella bailaba y no te veía. ¡Qué te iba a ver, si estaba en lo suyo! Y vos o, mejor dicho, tus ojos y tu imaginación o tus sueños, volando, planeando por los cielos de una ilusión artera. La noche, esa amiga temporal y a veces traidora, se fue antes de lo que hubieras querido, pero, ¿qué le va'cha'ché ? Nada se pierde, dicen las leyes de la química. ¿Pasó una semana? Tal vez fueron dos. En esas circunstancias, el tiempo es inasible —en realidad, en...