Estaba disfrutando de la mejor música del universo —que sabemos que es el tango—. No tenía ganas de bailarla, quería escucharla, a veces vale más escuchar que bailar, a veces parece que llega más al alma si uno cierra suavemente los ojos y se deja arrastrar en esa melodía apabullante. Bueno, pero este no era el asunto, decía que estaba disfrutando con mis oídos, cuando pasó un pelafustán —de esos que nunca faltan— cerca de mí, refunfuñando: ¿Otra vez Di Sarli? Pero, ¡si ya lo pasaron, viejo! ¡Qué pesados! Y ahí apareció el asunto. Lo miré y comprendí que se trataba de uno de esos insatisfechos de siempre. Quiero decir, que en toda ocasión encuentran algo que les va a molestar. Ellos siempre hallan la manera de estar inconformes. Tienen, también, otras frases a flor de labios, por ejemplo, aquella noche que al término de algunos tanguitos pasó otro por mi lado y comentó: Mamma mía, pensé que e...